PEQUEÑO MILAGRO
Siempre el mismo vestido de flores pequeñas sobre fondo oscuro, azul marino, tal vez negro- vestidos que ya no se usan, pensé. Puede ser que no tenga otro, o tal vez piensa que que sea apropiado para salir a la calle a trabajar... ¿Considerará trabajo el ubicarse todos los días cerca de la entrada de la Galería del Carrillón, de espaldas al Banco..con su atril, su violín, y el estuche abierto en el piso sucio, recibiendo lo que los distraídos transeúntes decidan arrojarle?
Yo esperaba el autobus número 4. Normalmente camino un poco y tomo el de la línea 25, o el 45. Pero aquella mañana no tenía ganas de caminar, ni menos de ascender penosamente la calle Strauss. Primero oí la melodía de su violin. Luego la vi a ella, joven, delgada, cubierta por ese vestido floreado, que caía languidamente sobre su cuerpo. Otras personas también se pararon para ver de donde provenia la música. A mi entender, la ejecución era correcta- No eran obras simples. Pude reconocer algunas, títulos, y hasta autores. Logró mi interés, la violinista del vestido floreado.
Habitualmente llevo monedas que suelo repartir entre los mendigos que encuentro a mi paso. Me siento bondadoso, y de tanto en tanto, mi fantasía me lleva a pensar que me interesan profundamente sus problemas, e, incluso, que tal vez puedo hacer algo para paliarlos. Pero sólo es un juego de mi imaginación. Dejo monedas al acordeonista de la esquina, el de la pizzería, al anciano que en la peatonal entona con escasa voz y menos oído, siempre alguna indescifrable canción en ruso. Y a otros, aquí y allá... No pude dejarle algo a mi violinista...No pude. Tampoco me acerqué mucho La miraba, de lejos. Sólo eso. La miraba.
Comencé a sentir algo de culpa por no poder darle lo que ella necesitaba. Miraba sus ojos y sólo veía su mirada triste y perdida. Una mirada que no expresaba nada, ni alegría, ni tristeza. Por momentos ella sostenía mi mirada y luego la apartaba, como poniendo distancia. Algo me detenía en el lugar. Volvía a preguntarme porque ella, elegiría esa forma de ganarse la vida ¿Por que...?
Finalmente seguí mi camino, sumido en mis preguntas sin respuestas.
Volví a verla, varias veces. Un día sentí que ella me reconocía. Supuse que ya sabía que yo dejaría pasar el autobus número 4, que me detendría a escucharla, y que no pondría ni una sola moneda en el estuche de su violín. Ese día decidí dar un nuevo paso en esa cita no cita, en ese encuentro nunca pensado. Pensé que podía moldear a mi gusto la vida de otro ser. Quizás así, a través de mi voluntad, ese día, cambíaria la vida de los dos. Yo, anónimo transeúnte, ella, mi violinista del vestido floreado.
La miré insistentemente..Ella, insondable como siempre, sostuvo mi mirada. Pero esta vez, en vez de mantener la distancia habitual entre ella y yo, me acerqué, lentamente. - Hora Staccato.-.arriesgué con timidez. Ella asintió con un leve movimiento de cabeza mientras seguía con la ejecución. Mis pies seguían el ritmo de la composición. Algunos transeuntes se detuvieron por breves instantes, sonrieron y arrojaron monedas de poco valor en el estuche. Lo había hecho. Al notar mi interés. Otra gente se interesó. Sentí la fuerza de mi poder, lo saboreé. Mas algo me molestaba. Si yo provocaba a otros seres, que era lo que me impedïa dejar unas monedas en el estuche? . Finalmente decidí buscar en mi cartera. Encontré un billete, uno de veinte, que finalmente deposité con las monedas. Ella bajó la cabeza hacia lo insölito, volviö a levantarla, me miró y emitió un gracias muy pequeño. Me pareció ver el atisbo de una leve sonrisa.
- ¿Conoces algo de Paganini?- le pregunté sintiéndome con nuevos derechos. - Oh, sí, por supuesto. Sólo que no me animo todavía a ejecutarlas en público. Esta , en realidad, fue la respuesta que imaginé. En cambio sólo vi un movimiento de su cabeza, que interpreté como algo indefinido, un mas o menos.
- ¿Por qué? ¿ Es muy difícil? - No es fácil, y. tampoco fácil de explicar - Podríamos sentarnos en alguna confitería para charlar? Me gustaría saber más de tí - Bueno-.me respondi¬ó y me sorprendí -. Pero sólo despúes de las seis. Ahora necesito seguir con lo mío...Necesito más dinero. - Y si yo te ayudara a llegar a esa suma..? - No, gracias. Nos vemos despúes. Esto fue parte del larguísimo diálogo que imaginé, ya que la joven sólo respondió con un encogimiento de hombros a mi primera pregunta.
Me marche sin saludarla. Ya en el autobus volví a pensar en su actitud. Preferí pensar, soñar, que ella , mi violinista, hacía ondear en su mano el billete de veinte que yo le había dejado, regalándome, además, una hermosa sonrisa .
Ya en casa, frente a mi mujer, y mientras le explicaba someramente el resultado de mis gestiones en el centro de la ciudad, me sentï un tanto culpable, como si volviera de una aventura. ¿Debía contarle a mi esposa lo sucedido?..¿Pero, contarle..qué?.
Un tiempo después volví a pasar por el mismo lugar. Ya no la recordaba, hasta que las notas del violïn me hicieron detener , como siempre, cerca de la joven. Ejecutaba Paganini, estaba seguro. Por qué hoy...iba a hablarle de eso, tenia frases ensayadas...si...iba a decirle todo, esta vez sin titubeos... cuando algo llamó mi atención. Su aspecto había cambiado notablemente. Lucía un hermoso corte de pelo, rubio, brillante. Llevaba una blusa blanca de mangas cortas, ajustada al cuerpo. Un par de botoncitos desabrochados dejaban entrever el inicio de sus pechos. Unos jeans modernos y ajustados resaltaban sus formas. Mi sorpresa fue enorme. Casi no podía disimularlo. Mi fantasía, nunca ausente , me habló al oído. Tal vez ese cambio se debe a mí... ¿Por qué no?. Logré encararla con desenvoltura. - Que milagro!!!. Primero Paganini, y luego esa figura..!. Me miró sorprendida. - De qué me está hablando? - Parece que el billete de veinte que te dejé y la conversación que tuvimos en la confitería hicieron el milagro... Una mano pesada se posó con fuerza sobre mi hombreo, obligándome a callar. - ¿De qué billete y de qué confitería estás hablando?
Un muchacho no más alto que yo, pero cuarenta años más joven, evidentemente molesto, me exigía una explicación. Traté de contestarle, pero nuevas preguntas embotaban mi mente. La joven , con modales suaves, aunque no muy convincentes, trató de calmar la situaciön. Por favor..si me sueltas, si me dejas hablar, tal vez pueda explicarte... . El muchacho me soltó, pero para encarar violentamente a la violinista. - ¿Se puede saber que hiciste en una confiterïa con este viejo?
Atraídos por los gritos, un grupo de personas se habían reunido a nuestro alrededor, incluido el guardia del centro comercial. Otra vez mi imaginación me habïa jugado una mala pasada.
Balbuceando, traté de explicar mis palabras. -. Algunas veces, bueno, en realidad un par de veces, escuché la interpretaciön de la señorita. Toca muy bien, a mi entender. No me pareció justo que solo recibiera tristes monedas... Por Eso, contra mi costumbre, te lo aseguro, decidí poner en el estuche un billete de veinte pesos... Creí con ese acto que...que estimularia a otros peatones a...a darle mas ,me entendés? - Claro y como ella aceptö el billete, te sentiste con derecho a invitarla a una confitería. Y ya en la confitería, decirle que podías darle unos billetes más si ella... - Yo jamás fuí con él a ningün sitio—interrumpió la muchacha, muy exaltada, entre enojada y divertida a la vez.. - Yo escuché muy bien lo que el viejo dijo- insistió el joven- - No entendiste-.dije, mintiendo y sin saber que agregar, porque en mis recuerdos ella y yo , sí, habíamos estado en una confiterïa.
- Pero es que no te acuerdas?-.dijo finalmente ella, con una sonrisa amplia que ni él ni yo entendimos. - ¿No te acuerdas de aquella tarde en la que te detuviste cerca mío por primera vez? Me miraste, hiciste ademán de extraer unas monedas y al ver el billete de veinte en el estuche, comenzaste a hablarme. Me dijiste que todo ese dinero no era suficiente para pagar por mi talento. Que merecía mucho más y fuiste tú el que me invitó a un bar, para charlar. ¿No te acuerdas..?
- - Como para no acordarme – contestó el muchacho, suavizando el tono de voz. Pero...¿ por qué él dijo que...? - - Qué importa que dijo, porque lo dijo..!¿Te acuerdas ahora ? Incluso te comenté de su obsesión por Paganini y tú me preguntaste quien era ese tal Paganini Gracias a este hombre nos conocimos, y para tí comencé a vestirme de otra manera, a pensar más en mí, en nosotros..y luego pasó todo lo que vos y yo sabemos...Y en vez de agradecerle al señor, tú lo agredes!!!
- Qué sabía yo...- dijo el muchacho como toda disculpa, y, olvidándose de mí, del guardia del centro comercial, del violín y de la gente que se negaba a dispersarse, comenzó a besarla, y a acariciarla, apasionadamente.
Bastante incomódo por la escena, y por su descenlace, del cual yo no era ni el último de los actores, fuí girando lentamente sobre mí, intentando desaparecer de la forma menos visible. Sin embargo, para mi sorpresa, la joven violinista, apartándose por un instante de su compañero, susurró sólo para mí:
- Esta obra de Paganini la estudié para usted!- seguro que puse cara de incrédulo porque repitió – Sí, para usted...!
Semanas después, caminando por la calle King George, llegué hasta la parada del autobús número 4, frente a la Galería del Carrillón. Una melodía conocida hizo que volviera la cabeza, y detuviera mis ojos sobre quien la ejecutaba. Una joven delgada, ni linda ni fea, dentro de un vestido holgado, estampado con flores pequeñas sobre fondo azul oscuro , se apoyaba sobre la pared externa del centro comercial. Lucía cansada, extraviada, aunque no dejaba de interpretar la melodía en su violïn. Me detuve, y por unos instantes su mirada se encontró con la mía, sorprendida. Creí sentir que sus ojos, pese a su habitual inexpresividad, parecían pedirme algo, quizas...¿ por qué no?..., pensé,... algún tipo de perdón...
Efraim Holender |
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