martes, 29 de mayo de 2007

MEDIOCRE...YO? V


Mediocridad vs. excelencia

Ramón Rocha Monroy
Nació en Cochabamba, el año 1950, Ramón Rocha Monroy ha ejercido cargos diplomáticos , fue viceministro de cultura, se ha dedicado por más de dos décadas al periodismo escrito, en el que mantiene una columna llamada "ojo de vidrio". Publicó cuatro novelas: "El run run de la calavera" (premio Guttentag 1983), "El padrino" (1978), "Ando volando bajo" (premio Guttentag 1996) y "La casilla vacía" (Alfaguara 1997). Además ha escrito un libro de cuentos: "Alla lejos" y un ensayo "Por la liberación de la pedagogía nacional" (1975).

Ramón Rocha Monroy
Ayer veíamos las razones por las cuales los mediocres podemos sentirnos felices, pero nos quedó una contradicción muy actual en el tintero: la prédica de los derechos humanos y la democracia en el mundo contemporáneo postulan la igualdad extrema entre todos, pero alaban al mismo tiempo la excelencia. Según ejemplifica Gabriel Zaid, el padre le dice al hijo: "No me importa que seas barrendero, pero eso sí, el mejor barrendero". ¡Típico! Lo paradójico es que la excelencia no es un buen pilar para la igualdad; la excelencia desiguala: "Si todo en este mundo fuera excelso, nada lo sería" (Diderot, El sobrino de Rameau).
¡Felices de nosotros que rompimos con la vieja idea romántica de aspirar siempre a lo máximo, pues aun el fracaso absoluto es preferible a la mediocridad! "Ay de los tibios. Más os habría valido ser fríos o calientes, mas porque sois tibios, os vomitaré de mi boca", dice la Biblia. "Di tu verdad y sucumbe", dice Nietzsche.
"Patria o muerte", dice el Che. "Morir antes que esclavos vivir", dice el Himno. Pero el hombre moderno dice: "Nadie tiene el deber de dar la vida por una causa; más aún, nadie tiene el derecho de exigírsela". El enemigo del héroe, del superhombre, del hombre nuevo socialista, no es otro héroe, otro superhombre, otro hombre nuevo, sino el hombre mediocre. Los superhombres acaban exterminando a los mediocres, lo cual, en esta época de auge de los derechos humanos es repugnante; pero como nadie quiere admitir que es mediocre, sencillamente uno supone que la mediocridad no existe: todo está en vías de superación; con algunos cursitos de capacitación, los mediocres se volverán excelentes. "Sería más inteligente reconocer que todos somos mediocres en casi todo, que no tiene importancia y que intentar lo máximo en todo es ridículo. La excepción no puede ser la regla general, y no hay que confundir esto con la verdadera regla general: que cada persona es única, porque su código genético, su historia, su conciencia, sus capacidades y sus gustos constituyen un ser único. No hay dos personas iguales", aclara Zaid. Pero aquí hay otra paradoja: para que una persona sea igual a otras debe ser comparable, y la única forma de hallar un denominador común es reducirla a determinados datos, mientras menos, mejor. "Si las personas se reducen a una sola dimensión comparable, lo normal es la medianía, como en cualquier distribución estadística", dice Zaid; sería ridículo, en cambio, comparar a todos por la calidad de la voz, la maestría para traducir a Catulo o la habilidad para hacer tecniquitas como Ronaldinho. Somos iguales, pero queremos tener excelencia: lo importante es el éxito. La vida no es un aprendizaje continuo que nos hará más sabios, sino una sucesión de pruebas. "Toda prueba es un Juicio Final con pase al cielo, reprobación al infierno o suspensión en el limbo". De ahí las mañas infinitas para tener éxito, como única meta en la vida", dice Zaid.
Tranquilos, pues: todos somos ciudadanos desconocidos, N.N., pero vamos a ganar las elecciones, nos vamos a convertir en honorables, en excelentísimos, en Excelencias, y luego en potentados. De modo que tranquilos, mediocres. No somos superhombres ni hombres nuevos ni grandes líderes. Pero estamos de moda. ¡El presente y el futuro son nuestros!

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